Las cartas son sin duda uno de los géneros literarios más antiguos.
Entre los textos más antiguos, pero bien antiguos, siempre encontramos cartas. Algunas, que tienen más de cuatro mil años, nos hablan de simples pedidos comerciales, otras nos cuentan chismes, otras nos describen peleas maritales. Pero las que me interesan son aquellas escritas por seres insignificantes y cuyo destinatario es un gran hombre que, por designios del destino, ha llegado a una posición privilegiada desde la cual puede gritar a todo pulmón y ser oído en los cuatro puntos cardinales del universo.
Como ves, Hugo, estas son las cartas de la asimetría de la comunicación, de un amor no correspondido. Desde hace mucho tiempo te he estado escuchando. He estado de acuerdo contigo, he estado en desacuerdo, te he defendido y te he acusado, pero hasta ahora tu no has podido saber de mi.
No te preocupes, yo sé que poco pudiste hacer y que no podías siquiera imaginar que yo estaba aquí, detrás de la pantalla cuadrada del computador, viéndote fragmentado en videos de YouTube.
Yo te he oído muchas veces y con mucha atención, pero me frustra el no poder intervenir, el no poder mezclarme en la conversa, el no poder pegar gritos al conectar cosmogonías antiguas con las angustias más profundas del ser humano.
Yo también quiero el poder de ser escuchado, quiero existir en la comunicación y así encaminarme hacia el saber de ese destino que se insinúa y oculta a la vez, dejándonos con un gusto de sinsentido en la boca.
Hugo, yo sé que tu motivación última es la angustia filosófica. Te atormenta la oscuridad del hombre, como me atormenta a mi y a muchos otros, pero tu has escogido batallar en la utopía, mientras que yo me refugio en la escritura.
Amigo Hugo, aquí vengo cargado de preguntas al asalto. Yo también quiero insultar a ese Rey de tira cómica, yo también me quiero quejar de mi miseria histórica.
Entre los textos más antiguos, pero bien antiguos, siempre encontramos cartas. Algunas, que tienen más de cuatro mil años, nos hablan de simples pedidos comerciales, otras nos cuentan chismes, otras nos describen peleas maritales. Pero las que me interesan son aquellas escritas por seres insignificantes y cuyo destinatario es un gran hombre que, por designios del destino, ha llegado a una posición privilegiada desde la cual puede gritar a todo pulmón y ser oído en los cuatro puntos cardinales del universo.
Como ves, Hugo, estas son las cartas de la asimetría de la comunicación, de un amor no correspondido. Desde hace mucho tiempo te he estado escuchando. He estado de acuerdo contigo, he estado en desacuerdo, te he defendido y te he acusado, pero hasta ahora tu no has podido saber de mi.
No te preocupes, yo sé que poco pudiste hacer y que no podías siquiera imaginar que yo estaba aquí, detrás de la pantalla cuadrada del computador, viéndote fragmentado en videos de YouTube.
Yo te he oído muchas veces y con mucha atención, pero me frustra el no poder intervenir, el no poder mezclarme en la conversa, el no poder pegar gritos al conectar cosmogonías antiguas con las angustias más profundas del ser humano.
Yo también quiero el poder de ser escuchado, quiero existir en la comunicación y así encaminarme hacia el saber de ese destino que se insinúa y oculta a la vez, dejándonos con un gusto de sinsentido en la boca.
Hugo, yo sé que tu motivación última es la angustia filosófica. Te atormenta la oscuridad del hombre, como me atormenta a mi y a muchos otros, pero tu has escogido batallar en la utopía, mientras que yo me refugio en la escritura.
Amigo Hugo, aquí vengo cargado de preguntas al asalto. Yo también quiero insultar a ese Rey de tira cómica, yo también me quiero quejar de mi miseria histórica.
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